Autor: Ramón de Jesús Núñez Duval
Escritor y Teólogo
La figura de Pedro Henríquez Ureña se erige como un faro de luz en la historia de América Latina, un hombre cuya sabiduría y humanismo trascendieron fronteras geográficas y culturales para inspirar a generaciones enteras de intelectuales y pensadores. Reconocido como uno de los grandes maestros de Hispanoamérica, además de formador de una conciencia continental.
Pedro Henríquez Ureña, nació en Santo Domingo el 29 de junio de 1884, su nombre real era Nicolas Federico Henríquez Ureña, fue hijo del médico, político y escritor Francisco Henríquez y Carbajal, quien fue ministro de Relaciones Exteriores del país y presidente de la República, y de Salomé Ureña de Henríquez, poetisa y educadora dominicana, desde niño, recibió una especial educación. Su familia perteneció a la tradición cultural de Santo Domingo. Su hogar fue centro de gran actividad intelectual, reuniéndose en él, grandes figuras políticas e intelectuales como José Martí y Eugenio María de Hostos, quien más luego influyó en él para establecer la Escuela Normal de Santo Domingo, fundándose en el año 1881 el Instituto para Señoritas. Por ambas ramas la familia cultivó y consolidó cierta tradición cultural en la isla. El padre, opositor del dictador Ulises Heureaux fue director de la Escuela Preparatoria. Su madre, autora de poemas patrióticos de intención civil y civilizadora, fue, junto con José Joaquín Pérez, la escritora más significativa de las letras dominicanas de entonces.
A lo largo de su recorrido académico y profesional, Pedro Henríquez Ureña emprendió una incansable búsqueda de la excelencia intelectual, explorando los territorios fronterizos entre la literatura, la historia, la filosofía y la pedagogía. Su compromiso con la educación como herramienta de transformación social lo llevó a desempeñar roles destacados en diversas instituciones educativas de América Latina y Europa, a la par que cultivaba una vasta obra escrita que abarcó desde ensayos filosóficos hasta críticas literarias y reflexiones sobre la condición humana.
Pero más allá de sus logros académicos y literarios, lo que distingue a Pedro Henríquez Ureña como un modelo de humanismo en América es su profundo compromiso con los valores universales de la libertad, la igualdad y la solidaridad. En un contexto marcado por la opresión, la injusticia y la violencia, él se erigió como un defensor incansable de los derechos humanos y un crítico implacable de las estructuras de poder.
El modelo de humanismo en América implementado por Pedro Henríquez Ureña estuvo basado en la idea de promover la educación humanística y las ciencias sociales en América Latina. Henríquez Ureña abogaba por la integración de las tradiciones intelectuales de América Latina con las corrientes de pensamiento europeas y norteamericanas, con el objetivo de enriquecer el pensamiento latinoamericano y fomentar el desarrollo cultural y social de la región.
Henríquez Ureña creía que era fundamental para América Latina adoptar un enfoque humanista en la educación, que promoviera valores como la solidaridad, la tolerancia, la justicia social y el respeto por la diversidad cultural. Además, abogaba por la valorización de la literatura, la historia y las artes en la formación de los individuos, como una forma de promover la identidad cultural y el sentido de pertenencia a la región.
Pedro Henríquez Ureña buscaba fomentar una educación integral y humanística en América Latina, que contribuyera al desarrollo de una sociedad más justa, equitativa y culta.
Difundió el modelo humanístico en toda América a través de sus numerosas conferencias, ensayos y publicaciones. Fue un destacado intelectual que viajó por toda la región, impartiendo conferencias en universidades y participando en congresos y seminarios. Además, Henríquez Ureña mantuvo una extensa red de contactos con otros intelectuales y escritores de la época.
Lo que le permitió difundir sus ideas y promover el modelo humanístico en círculos intelectuales de toda América. Sus escritos, en los que abordaba temas relacionados con la educación, la literatura y la cultura, también contribuyeron a la difusión de sus ideas entre un público más amplio.
En el año de 1911 se inicia en la docencia universitaria y estudia el espíritu nacional. Y en 1913 sale de México después de que presenta su tesis de grado sobre “La Universidad”. En 1914, en Cuba, define lo que según él debe ser un buen crítico: un erudito, flexible que sepa situarse en cualquier punto de vista. Pero sobre todo tiene que conocer el espíritu de la época y del país que está tratando. El crítico siempre será tributario de los valores de la sociedad a la cual pertenece así tenga que luchar contra ellos. Consigue su flexibilidad, a veces sin proponérselo.
Pedro Henríquez Ureña visto a través de su ideario y de su vida itinerante, adquiere una dimensión profunda y clara, que nos permite sumergirnos en la agudeza de su pensamiento, trascendiendo más allá del tiempo, donde con sus acciones nos invita a seguir sus huellas, generando un impacto duradero en la vida de otros.
En la Segunda estancia de Pedro Henríquez Ureña en los Estados Unidos de América (1914-1919)
Esta segunda estancia de Pedro en la nación norteamericana, de casi cinco años (de noviembre de 1914 a septiembre de 1919), es la más fructífera, tanto en cuanto a su formación académica como en todo lo concerniente a la difusión de sus ideas: escribe en importantes medios en español y en inglés y dicta cursos y conferencias en diversos centros académicos.
Desde Washington y New York Pedro escribe para el periódico El Heraldo de Cuba hasta marzo de 1915: sus 44 artículos aparecidos entre 1914 y 1915, conformarían el volumen Desde Washington, compilado por la ensayista y poeta cubana Minerva Salado bajo las orientaciones de Camila Henríquez Ureña y publicado en 1975 por Casa de las Américas de La Habana. Se mueve entre la capital estadounidense y la ciudad de New York, donde asiste a teatros, bibliotecas y museos, compartiendo con personalidades del mundo cultural y del ámbito académico.
Desde Washington Pedro se traslada a New York, pues en el mes de mayo de 1915 pasa a ser redactor de Las Novedades, semanario newyorquino en el que estaría escribiendo hasta agosto de 1916. En dicha ciudad colabora, también, con la exigente revista The Forum, editada en inglés, y continúa enviando sus artículos a El Fígaro, de Cuba. Sólo firmaba con su nombre de pila los textos de creación literaria, como su pieza dramática El nacimiento de Dionisos, editada en 1916 como una separata (Impreso independiente que contiene un artículo de una revista o un capítulo de un libro)., bajo el sello editorial del semanario. Es la edición definitiva de esa obra. Otras publicaciones de Pedro en la ciudad de New York son: El primer libro de escritor americano y Las «nuevas estrellas» de Heredia.
Desde la ciudad de New York Pedro colabora con importantes medios de otros países: con la revista La Unión Hispanoamericana y la Revista de Filología Española, de España ambas; con la Revista de Filosofía de la Argentina; y con la revista El Repertorio de Americano, de Costa Rica.
En agosto de 1916 Pedro logra lo que ningún otro antillano había logrado en los Estados Unidos de América: es contratado, por un año, como profesor de Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Minnesota; pasa, así, a pertenecer al cuerpo docente del Departamento de Lenguas Romances de ese prestigioso centro académico estadounidense.
En ese mismo año inicia sus estudios superiores en dicha universidad, paralelamente a su labor docente. Al mismo tiempo, estaría impartiendo cursos en las universidades de Chicago y Los Ángeles (California). En 1918 se graduaría de Doctor en Filosofía, siendo el primer hispano en hacerlo en la Universidad de Minnesota: «La versificación irregular en la poesía castellana» es el título de su tesis. El año anterior había aprobado la Maestría en Artes.
Luego se produce la segunda estancia de Pedro Henríquez Ureña en España (1919-1920).
En noviembre de 1919, después de haber renunciado de la Universidad de Minnesota el 24 de septiembre, y respondiendo a una invitación que le hiciera su amigo Alfonso Reyes, Pedro pasa a España, donde permanecería hasta finales del mes de mayo de 1920.
En España la vida de Pedro transcurre de modo muy activo: colabora con el Centro de Estudios Históricos y publica dos de sus estudios más importantes: El endecasílabo castellano y La versificación irregular en la poesía castellana. Esta última, con prólogo del célebre filólogo Ramón Menéndez Pidal.
Es de suma importancia resaltar que, con los escritores mexicanos Carlos Pereyra Gómez y Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, interviene en la traducción al español del libro de Vladimir Ilich Lenin El Estado y la revolución, obra publicada por el político ruso en 1918.
Promovió los estudios de la Grecia Clásica entre los miembros de su generación y estudió con profundidad la literatura hispanoamericana. Notable ensayista, de sus trabajos destacan sus Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928).
Representante del movimiento Modernista. Utilizaba al escribir el pseudónimo de E.P. Garduño. Entre sus obras destacan, Entre sus obras destacan El nacimiento de Dionisios (Nueva York, 1916), En la orilla: Mi España (México, 1922), La utopía de América (La Plata, 1925), Seis ensayos en busca de nuestra expresión (Buenos Aires, 1928), La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo (Buenos Aires, 1936) y Corrientes literarias en la América Hispánica (México, 1949).
En España colaboró en la revista de Filología Española; en México fue director general de Enseñanza Pública y Catedrático de la Universidad Nacional; en Argentina, profesor de las universidades de Buenos Aires y La Plata, y en República Dominicana, desempeñó el cargo de Superintendente General de Enseñanza.
Supo Henríquez Ureña compenetrarse con el talante sensitivo y espiritual de los escritores que concitaban su atención, y tuvo la capacidad para subrayar su acento peculiar, su tono distintivo y su técnica creadora al enfocar el aporte que una obra literaria brinda al desarrollo del crecimiento cultural.
Contrajo matrimonio en el año 1923 con Isabel Lombardo Toledano con la que tuvo dos hijas: Natacha y Sonia Henríquez Lombardo.
La sabiduría, capacidad observadora y pensamiento del símbolo Pedro Henríquez Ureña, nos acompañan por siempre.
Guardemos en nuestra memoria esta importante frase que leeré a continuación, sobre la valoración de nuestro gran humanista por la ciudad.
"Cada ciudad tiene su espíritu, decimos siempre; cada ciudad tiene su aire, su 'sello propio'. Pero hay más: el espíritu de la ciudad está en el paisaje que la rodea, y en el trazo de sus calles, y en sus edificios, y en sus jardines, y en las costumbres de su gente; y va aún más lejos: está en la pintura y en la literatura que produce, en la música que canta y toca".
Pedro Henríquez Ureña, fue un permanente educador y descubridor de vocaciones. Alfonso Reyes, su amigo de toda la vida escribió: “enseñaba a ver, a oír y a pensar, y suscitó una verdadera reforma de la cultura”.
Es también conocido por su faceta periodística, dejando un legado en países como Estados Unidos, México, España y Argentina, donde completó su educación universitaria hasta convertirse en doctor y colaborador de prestigiosas revistas y centros de estudios.
Numerosos investigadores lo nombran el crítico de la región, pues sus análisis fueron de los más acertados en la descripción del fenómeno modernista y de toda la literatura Hispanoamericana.
El fallecimiento de Pedro Henríquez Ureña ocurre el 11 de mayo de 1946 en Buenos Aires, Argentina, tras sufrir un paro cardíaco cuando viajaba en un tren que lo llevaría a la Universidad de La Plata.
Andrés L. Mateo, escritor, poeta, filósofo, profesor, crítico literario, investigador y ensayista ha expresado incontables veces que se han hecho más de 2000 tesis sobre el humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña.
El físico, escritor, ensayista y pintor Ernesto Sábato, una de las personalidades más destacadas del siglo XX de Argentina reconoce los méritos para el mundo, del gran humanista de Hispanoamérica Pedro Henríquez Ureña.



