José Darío Cepeda Medina
Opinión
Cada 31 de enero, la República Dominicana conmemora el Día Nacional de la Juventud, una fecha que nos invita no solo a felicitar a nuestros jóvenes, sino a reflexionar con seriedad sobre el país que les estamos entregando y las oportunidades reales que tienen para desarrollarse plenamente.
La juventud dominicana es, sin lugar a dudas, una de las mayores riquezas de la nación. Es creativa, solidaria, emprendedora y profundamente resiliente. En los barrios, en los campos, en las universidades y en las comunidades de la diáspora, miles de jóvenes luchan diariamente por superarse, muchas veces en condiciones adversas, enfrentando el desempleo, la precariedad laboral, la exclusión educativa y la falta de espacios de participación real.
Sin embargo, el discurso oficial suele quedarse en lo simbólico. Se organizan actos, se pronuncian palabras bonitas, se entregan reconocimientos, pero persisten las brechas estructurales que limitan el potencial juvenil. No basta con declarar a la juventud como “el futuro del país” si en el presente no se le garantizan políticas públicas coherentes, sostenidas y con presupuesto suficiente.
El verdadero homenaje a la juventud debería expresarse en más inversión en educación de calidad, en programas efectivos de primer empleo, en acceso a la vivienda, en formación técnica vinculada al mercado laboral, en apoyo al emprendimiento y en espacios reales de liderazgo y toma de decisiones. La juventud no quiere ser solo espectadora de la historia, quiere ser protagonista de las transformaciones.
Este día también debe servir para reconocer que muchos jóvenes han perdido la esperanza y se ven obligados a migrar o a sobrevivir en la informalidad. Cuando un joven siente que su país no le ofrece oportunidades, no es un fracaso individual, es un fracaso colectivo del Estado y de la sociedad.
Celebrar el Día Nacional de la Juventud implica asumir un compromiso ético y político: escuchar a los jóvenes, incluirlos en la planificación del desarrollo, respetar su diversidad y apostar a su talento. Porque una nación que invierte en su juventud no solo construye futuro, sino que dignifica su presente.



